Robert Marchand, el hombre de 105 años que bate récords

Robert Marchand se ríe por lo bajo de todo ese circo que gira a su alrededor. Sabe que sus proezas como ciclista no son tales, aunque tal vez nadie llegue nunca a batir su marca. Marchand acaba de recorrer sobre una pista peraltada de material sintético, la del velódromo de Saint Quentin-en-Yvelines, 22,5 kilómetros en una hora. Poca cosa. El mérito consiste en hacerlo a los 105 años. Y en sonreír como este hombre que ha vivido muchas vidas. Y en responder con una obviedad a las decenas de periodistas que le filman y le preguntan cuántos retos piensa acometer todavía: "No sé, soy viejo, reventaré un día de estos".

Nació el 26 de noviembre de 1911, cuando nadie sabía lo que era una guerra mundial o un antibiótico. De sus primeros años en Amiens recuerda la entrada de los alemanes, con las puntas metálicas sobre sus cascos prusianos, en septiembre de 1914; poco más, porque sus padres le enviaron a una granja para alejarlo del frente bélico. En la granja le hacían lavar las vacas. Era pequeño y sigue siéndolo, apenas 158 centímetros, pero descubrió rápidamente que su cuerpo servía para el deporte. Con la mayoría de edad se marchó a París y empezó a practicar el boxeo, pero lo dejó porque no le gustaba recibir golpes; también intentó dedicarse profesionalmente al ciclismo, pero le aconsejaron dejarlo por su baja estatura. En 1924, su equipo de gimnasia ganó el título francés de construcción de pirámides humanas. Finalmente optó por ganarse la vida como profesor de educación física y bombero.Tras la victoria del Frente Popular, en 1936, se afilió a la Confederación General del Trabajo, el sindicato comunista al que hoy sigue perteneciendo como jubilado. En 1939, justo antes de que estallara la II Guerra Mundial, contrajo matrimonio. Durante la ocupación nazi fue encarcelado por negarse a dar clases de gimnasia a hijos de colaboracionistas, y eso le valió posteriormente un reconocimiento oficial como miembro de la Resistencia. En 1943 murió su esposa. El joven viudo prefirió no quedarse quieto e inició una larguísima aventura. Comenzó su odisea en Venezuela, a donde emigró en 1947, con 36 años. Crió pollos, cultivó caña de azúcar y condujo camiones. A bordo de su camión la policía encontró, en 1953, una caja de pistolas; él dice no saber quién las puso allí, pero tuvo que salir por piernas y retornar a Francia. En 1957 volvió a emigrar, esta vez a Canadá. Pasó tres años talando árboles y odiando el clima gélido. De nuevo en Francia, compró un huerto para dedicarse a la horticultura ("como agricultor fui una nulidad", dice); tras el fracaso con las verduras se dedicó a vender zapatos y por último a la compraventa de vino.

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Endersby Espadero